Hace poco, como
les conté, me reintegré a mis labores como serumista en el Puesto de Salud del
ya famoso, mea culpa, Huayllagual. El retorno fuera de ser alegre fue mas bien
bastante intrincado y tenso. No sé si estar veinte días lejos me ha servido
para regresar con mayor potencia o para haber desarrollado una especie de
alergia al trabajo; el hecho es que regresé: Tomé un bus a Cajamarca y sin
querer queriendo ya estaba en aquel camino que curiosamente cada vez se volvía
más oscuro ante mis ojos. Tres y media de la madrugada pisando en frío suelo
cajamarquino. Corrí a buscar un hotel sin mucha suerte pues la mayoría estaban
llenos y cuando estaban a punto de perder las esperanzas divisé un hospedaje
del cual no mencionaré el nombre porque temo que algún día uno de ustedes pase
por allí y se burle de mi “buena suerte”. Era uno de los pocos lugares abiertos
aquella húmeda madrugada de Enero y de lejos la única opción de asegurarle a mi
cuerpecito un merecido descanso, así que toque el timbre y un señor bigotudo
salió bostezando y lo primero que me dijo fue que disculpe que el hostal era
nuevo y por eso lucía un “poquito” desordenado. Me mostré despreocupada
entonces y pensé que seguramente el mobiliario de la habitación iba a ser
nuevo, el baño lo mismo, etc., es decir me alegré. Seguí al bigotudo barón,
tras un menudo pasadizo, y entonces vi una especie de almacén que no tardé en
entender era el hall. Mi desubicada esperanza, a menudo bastante optimista, me
hizo pensar deja que subas y veas tu camita y te olvidas del mugrero
este. Para abreviarles el resto, nada allí era nuevo (creo que ni siquiera el
papel higiénico, exagerando un poco) y la cama parecía hecha para un faquir de
la India. Dormí, sí, dormí pues estaba bastante cansada, a las ocho de la
mañana salía la combi para el puente Santa Elvira, que funciona como un atajo
que permite llegar más rápido a Huayllagual. Allí me recogería un caballo para
volver al puesto. Literalmente dormí durante todo el camino y para cuando
desperté el cobrador ya estaba avisando la llegada al puente. Bastante confusa,
pagué, bajé de la combi y me dispuse a llamar a la señora dueña del caballo que
me transportaría, mientras el cobrador bajaba mis cosas y las de otro pasajero.
Grande fue mi sorpresa cuando me di cuenta que la combi había arrancado sin
haber bajado mis cosas. No pensaba
contarles esto pero corrí, corrí como una endemoniada o como el cabello al
viento de una endemoniada, detrás de la combi, corrí y corrí y corrí y como ya
no pude alcanzarla, lloré, mientras las huellas aplastadas de la combi en el
barro me decían que ya estaba muy lejos, que hay lugares que a pesar de estar a
nuestros pies, paradójicamente, se alejan.

Take a walk outside your mind
ResponderEliminarTell me how it feels to be
The one who turns
The knife inside of me
Fermina qué pena
ResponderEliminartamare