sábado, 14 de enero de 2012

Un retorno.





Hace poco, como les conté, me reintegré a mis labores como serumista en el Puesto de Salud del ya famoso, mea culpa, Huayllagual. El retorno fuera de ser alegre fue mas bien bastante intrincado y tenso. No sé si estar veinte días lejos me ha servido para regresar con mayor potencia o para haber desarrollado una especie de alergia al trabajo; el hecho es que regresé: Tomé un bus a Cajamarca y sin querer queriendo ya estaba en aquel camino que curiosamente cada vez se volvía más oscuro ante mis ojos. Tres y media de la madrugada pisando en frío suelo cajamarquino. Corrí a buscar un hotel sin mucha suerte pues la mayoría estaban llenos y cuando estaban a punto de perder las esperanzas divisé un hospedaje del cual no mencionaré el nombre porque temo que algún día uno de ustedes pase por allí y se burle de mi “buena suerte”. Era uno de los pocos lugares abiertos aquella húmeda madrugada de Enero y de lejos la única opción de asegurarle a mi cuerpecito un merecido descanso, así que toque el timbre y un señor bigotudo salió bostezando y lo primero que me dijo fue que disculpe que el hostal era nuevo y por eso lucía un “poquito” desordenado. Me mostré despreocupada entonces y pensé que seguramente el mobiliario de la habitación iba a ser nuevo, el baño lo mismo, etc., es decir me alegré. Seguí al bigotudo barón, tras un menudo pasadizo, y entonces vi una especie de almacén que no tardé en entender era el hall. Mi desubicada esperanza, a menudo bastante optimista, me hizo pensar deja que subas y veas tu camita y te olvidas del mugrero este. Para abreviarles el resto, nada allí era nuevo (creo que ni siquiera el papel higiénico, exagerando un poco) y la cama parecía hecha para un faquir de la India. Dormí, sí, dormí pues estaba bastante cansada, a las ocho de la mañana salía la combi para el puente Santa Elvira, que funciona como un atajo que permite llegar más rápido a Huayllagual. Allí me recogería un caballo para volver al puesto. Literalmente dormí durante todo el camino y para cuando desperté el cobrador ya estaba avisando la llegada al puente. Bastante confusa, pagué, bajé de la combi y me dispuse a llamar a la señora dueña del caballo que me transportaría, mientras el cobrador bajaba mis cosas y las de otro pasajero. Grande fue mi sorpresa cuando me di cuenta que la combi había arrancado sin haber bajado mis cosas. No pensaba contarles esto pero corrí, corrí como una endemoniada o como el cabello al viento de una endemoniada, detrás de la combi, corrí y corrí y corrí y como ya no pude alcanzarla, lloré, mientras las huellas aplastadas de la combi en el barro me decían que ya estaba muy lejos, que hay lugares que a pesar de estar a nuestros pies, paradójicamente, se alejan. 



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