Las nubes, cosa bastante seria, se iban
poniendo cada vez más oscuras y de lejos podía observar lo que podría ser una
tormenta considerablemente fuerte, clásicas en la sierra peruana, pero a las
que no estoy acostumbrada aún. El hombre que había bajado junto conmigo de la
combi ya había desaparecido rápidamente entre las malezas y los cerros, mientras
yo la verdad estaba tan angustiada que no lograba ubicarme y por un momento
llegué a sentirme perdida. Llamé a Doris, quien estaba por bajar a darme el
encuentro, y me preguntó si veía un río lo cual me indicaría que estoy en el
lugar correcto: el puente Santa Elvira. Aseveré, el inmediato paisaje era el
enmarcamiento perfecto de un río de poca profundidad nacido de una pequeña
catarata que se asomaba con ligereza entre unas rocas justo en medio del
minúsculo puente en el que me paré durante unos minutos, y pude sentir la helada
salpicadera del agua serrana y de hecho disfrutarlo, pues ya me sentía un poco
más confiada con las referencias de mi compañera de trabajo.
Pensé entonces en el destino de la combi que
acababa de dejarme como a novia de pueblo, y en el destino de mis cosas, que
ninguna culpa tenían de la ineficacia del cobrador. Pensé y pensé hasta que me
dolió la cabeza y se me ocurrió una idea: llamar a Don Juan, el comisario de
Asunción, para preguntarle por el chofer de la combi y de paso pedirle que
averigüe qué había pasado con mi equipaje. Don Juan no sólo contestó mi llamada
sino que también se puso en contacto con el chofer quien aceptó se habían
olvidado de bajarlas por quién sabe qué cosa. El hecho es que un par de horas más
tarde, y ya habiendo Doris llegado, volvió a pasar la combi verde (la única de
ese color en Asunción), deteniéndose justo al frente de nosotros. Me pidieron
disculpas como cincuenta veces pero en ese momento mi corazoncito estaba herido
y no tenía ánimos de una sonrisa o de algún gesto positivo para con ellos. Tomé
mis cosas y nos pusimos a alistar todo para el siguiente viaje.
Aquella fue la primera vez que un negativo
imprevisto me sucedía al tomar la combi verde, pero a partir de ese momento
varios sucesos han coronado mi bagaje de mala suerte presenciado por el
divertido dúo que representan el chofer y el cobrador quienes, no contentos con
contemplar mis desatinos, osan ensayar una burlona sonrisita cada vez que de
mis aventuras se trata. No los juzgo, a mí también me da risa cuando me pongo a
analizar los sucesos. Lo que sí he optado por hacer, y aquí seré totalmente
sincera, aunque me duela, es sonreír cada vez que me sale algo mal delante de
ellos, y no como señal de positivismo o para darle una lección a la humanidad
sobre la fuerza femenina, sino para darle la contra a las continuas burlas de
mi circunstancial público, es decir, para pasar el roche.
Así que ya con todo completo partimos yo en
caballo y mi acompañante en borrico hacia Huayllagual, camino que duró por lo
menos unas dos horas y pico, casi tres, debido a la inclemencia del tiempo
reflejada en la gran cantidad de barro que tuvimos que soportar al avanzar. De
más está contarles que llegué molida, hecha papilla y directo a la cama.
Winnie, como era de esperar, aguardaba por mí en la habitación de Doris, y
cuando la saqué del cuarto y fui al mío para descansar también lo hizo ella y
nos quedamos dormidas, juntas y felices, hasta que oscureció.
Bravo!, me gusta lo que vives, sé que debe ser fregado experimentar lo precario de la vida dura y pobre de la sierra, sin embargo, me parece una experiencia envidiable por lo fuerte y real que debe ser, dejaría mi vida de gris oficinista por vivir algo así... suerte, y sigue escribiendo, te leo siempre. unabrazo.
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