Me pasé los últimos dos meses pensando (aunque ni tanto) en que pasaría la Navidad en las alturas de Huayllagual, rodeada de frío y niebla, pero con la mejor disposición del mundo, aunque no lo crean, de pasar una navidad llamémosla lectora o literaria, pues había planeado pasármela leyendo algunos capítulos de unos cuantos buenos libros. Camilo José Cela, Antonio Cisneros y Adolfo Bioy Casares eran unos de los tantos que habían decidido acompañarme en ese venturoso pero pronosticadamente solitario día, sin olvidarme del gracioso Richi Palma que, entre broma y broma, prometió una jocosa velada.
Pero como se suele decir, uno nunca sabe y a veces el pan en la puerta del horno se nos quema, puesto que para sorpresa mía y de mi familia, voy a pasar Navidad en casa, y no tengo que agradecerlo más que a mi doctor, quien reprogramó una cirugía que tenía pendiente para el 15 de Diciembre y no para el 28 como estaba estipulado ya meses atrás y razón que me ataba de cabo a rabo a la enhiesta y pálida navidad Huayllagualina. Ahora, aunque convaleciente, pasaré las navidades con la familia, con los obsequios, el pavo, etc, aunque ni en el fondo ni en la forma sea partícipe del espíritu navideño al cual se le hace tanta propaganda desde que se le inventó.
No se crean que ando tan tranquila. El ausentarme de honorable condición de serumista es un hierro caliente que cala duro en el modo que descontinua mi labor y hace que mi frágil cerebro olvide ciertas rutinas que tanto me había costado memorizar. Vaya, tengo una memoria bipolar, a veces frágil y otras potente.
Para el día 3 de enero estaré regresando a Huayllagual, mientras tanto, y ya que estoy en medio de la mole de energía eléctrica que rodea a Chiclayo, aprovecharé para ir contándoles algunas anécdotas en la montaña.
Buena suerte y buenas vibras, que siempre hacen falta!
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