miércoles, 25 de enero de 2012

Una y Otra vez





Hoy, miércoles 25, regreso a Huayllagual.
De nuevo, en la impenetrable y cíclica atmósfera de la sierra cajamarquina.
De nuevo, escuchar la lluvia que golpea como un furioso marido sobre las tejas.
Un marido estéril, cundido del pánico de una esposa sola a media noche.
Hoy es miércoles. Mañana jueves estaré en Asunción por la mañana. Por la tarde en Huayllagual.
Los días de Febrero, los escandalosos días de febrero le hacen ronda a una estrecha soledad.




lunes, 23 de enero de 2012

¿Serumista? ¿Yo?

Yo nunca me río
de la muerte.
Simplemente
sucede que
no tengo
miedo
de
morir
entre
pájaros y arboles.

(Javier Heraud)





Mucha gente me ha preguntado últimamente el por qué de la doble interrogante en el título de este su humilde, pobre pero honrado blog. Y la verdad la respuesta es más fácil de lo que todos creemos.
Hace un tiempo, antes de iniciar el serums, siquiera las inscripciones, contaba yo con dos empleos: en uno me desempeñaba como docente de Enfermería y en el otro como enfermera asistencial en una clínica de Chiclayo. El hecho de tener un par de trabajos con los cuales mantenerme me hacía pensar innecesario el hecho de tener que escoger una plaza de Serums remunerado que de hecho venía con el plus o la yapa de desarrollarse en lo más rural del ámbito rural.
Pero sobrevino la rutina en el trabajo, la tentativa idea de probar lo desconocido, conflictos emocionales que nunca faltan y me decidí, de pronto, a presentarme al remunerado.
Así como yo, miles de serumistas cada año palpan realidades similares en las que se hacen constantemente preguntas respecto a su decisión de llevar un año completo de vida en el campo con todas las implicancias que conlleva esta. De hecho, la doble interrogante de este blog se refiere más específicamente a los serumistas que elegimos venir a zonas de pobreza extrema en donde se ponen a prueba más que nuestras capacidades como profesionales, nuestra capacidad como seres humanos.
Yo no puedo aseverar que soy la mejor enfermera del mundo, ni que soy como Candy W. Andry, ni como la Madre Teresa, pero para ser serumista hay que tener huevos, y creo que de eso (a veces) podría jactarme.
De todos modos, este blog está hecho para todos los que alguna vez dijimos de esta agua no he de beber. 




sábado, 21 de enero de 2012

La combi verde





Las nubes, cosa bastante seria, se iban poniendo cada vez más oscuras y de lejos podía observar lo que podría ser una tormenta considerablemente fuerte, clásicas en la sierra peruana, pero a las que no estoy acostumbrada aún. El hombre que había bajado junto conmigo de la combi ya había desaparecido rápidamente entre las malezas y los cerros, mientras yo la verdad estaba tan angustiada que no lograba ubicarme y por un momento llegué a sentirme perdida. Llamé a Doris, quien estaba por bajar a darme el encuentro, y me preguntó si veía un río lo cual me indicaría que estoy en el lugar correcto: el puente Santa Elvira. Aseveré, el inmediato paisaje era el enmarcamiento perfecto de un río de poca profundidad nacido de una pequeña catarata que se asomaba con ligereza entre unas rocas justo en medio del minúsculo puente en el que me paré durante unos minutos, y pude sentir la helada salpicadera del agua serrana y de hecho disfrutarlo, pues ya me sentía un poco más confiada con las referencias de mi compañera de trabajo.
Pensé entonces en el destino de la combi que acababa de dejarme como a novia de pueblo, y en el destino de mis cosas, que ninguna culpa tenían de la ineficacia del cobrador. Pensé y pensé hasta que me dolió la cabeza y se me ocurrió una idea: llamar a Don Juan, el comisario de Asunción, para preguntarle por el chofer de la combi y de paso pedirle que averigüe qué había pasado con mi equipaje. Don Juan no sólo contestó mi llamada sino que también se puso en contacto con el chofer quien aceptó se habían olvidado de bajarlas por quién sabe qué cosa. El hecho es que un par de horas más tarde, y ya habiendo Doris llegado, volvió a pasar la combi verde (la única de ese color en Asunción), deteniéndose justo al frente de nosotros. Me pidieron disculpas como cincuenta veces pero en ese momento mi corazoncito estaba herido y no tenía ánimos de una sonrisa o de algún gesto positivo para con ellos. Tomé mis cosas y nos pusimos a alistar todo para el siguiente viaje.
Aquella fue la primera vez que un negativo imprevisto me sucedía al tomar la combi verde, pero a partir de ese momento varios sucesos han coronado mi bagaje de mala suerte presenciado por el divertido dúo que representan el chofer y el cobrador quienes, no contentos con contemplar mis desatinos, osan ensayar una burlona sonrisita cada vez que de mis aventuras se trata. No los juzgo, a mí también me da risa cuando me pongo a analizar los sucesos. Lo que sí he optado por hacer, y aquí seré totalmente sincera, aunque me duela, es sonreír cada vez que me sale algo mal delante de ellos, y no como señal de positivismo o para darle una lección a la humanidad sobre la fuerza femenina, sino para darle la contra a las continuas burlas de mi circunstancial público, es decir, para pasar el roche.
Así que ya con todo completo partimos yo en caballo y mi acompañante en borrico hacia Huayllagual, camino que duró por lo menos unas dos horas y pico, casi tres, debido a la inclemencia del tiempo reflejada en la gran cantidad de barro que tuvimos que soportar al avanzar. De más está contarles que llegué molida, hecha papilla y directo a la cama. Winnie, como era de esperar, aguardaba por mí en la habitación de Doris, y cuando la saqué del cuarto y fui al mío para descansar también lo hizo ella y nos quedamos dormidas, juntas y felices, hasta que oscureció.

sábado, 14 de enero de 2012

Un retorno.





Hace poco, como les conté, me reintegré a mis labores como serumista en el Puesto de Salud del ya famoso, mea culpa, Huayllagual. El retorno fuera de ser alegre fue mas bien bastante intrincado y tenso. No sé si estar veinte días lejos me ha servido para regresar con mayor potencia o para haber desarrollado una especie de alergia al trabajo; el hecho es que regresé: Tomé un bus a Cajamarca y sin querer queriendo ya estaba en aquel camino que curiosamente cada vez se volvía más oscuro ante mis ojos. Tres y media de la madrugada pisando en frío suelo cajamarquino. Corrí a buscar un hotel sin mucha suerte pues la mayoría estaban llenos y cuando estaban a punto de perder las esperanzas divisé un hospedaje del cual no mencionaré el nombre porque temo que algún día uno de ustedes pase por allí y se burle de mi “buena suerte”. Era uno de los pocos lugares abiertos aquella húmeda madrugada de Enero y de lejos la única opción de asegurarle a mi cuerpecito un merecido descanso, así que toque el timbre y un señor bigotudo salió bostezando y lo primero que me dijo fue que disculpe que el hostal era nuevo y por eso lucía un “poquito” desordenado. Me mostré despreocupada entonces y pensé que seguramente el mobiliario de la habitación iba a ser nuevo, el baño lo mismo, etc., es decir me alegré. Seguí al bigotudo barón, tras un menudo pasadizo, y entonces vi una especie de almacén que no tardé en entender era el hall. Mi desubicada esperanza, a menudo bastante optimista, me hizo pensar deja que subas y veas tu camita y te olvidas del mugrero este. Para abreviarles el resto, nada allí era nuevo (creo que ni siquiera el papel higiénico, exagerando un poco) y la cama parecía hecha para un faquir de la India. Dormí, sí, dormí pues estaba bastante cansada, a las ocho de la mañana salía la combi para el puente Santa Elvira, que funciona como un atajo que permite llegar más rápido a Huayllagual. Allí me recogería un caballo para volver al puesto. Literalmente dormí durante todo el camino y para cuando desperté el cobrador ya estaba avisando la llegada al puente. Bastante confusa, pagué, bajé de la combi y me dispuse a llamar a la señora dueña del caballo que me transportaría, mientras el cobrador bajaba mis cosas y las de otro pasajero. Grande fue mi sorpresa cuando me di cuenta que la combi había arrancado sin haber bajado mis cosas. No pensaba contarles esto pero corrí, corrí como una endemoniada o como el cabello al viento de una endemoniada, detrás de la combi, corrí y corrí y corrí y como ya no pude alcanzarla, lloré, mientras las huellas aplastadas de la combi en el barro me decían que ya estaba muy lejos, que hay lugares que a pesar de estar a nuestros pies, paradójicamente, se alejan. 



lunes, 2 de enero de 2012

Y se fue el año...



Ya estamos en Enero del 2012 por muy extraño que parezca. Cuando vivíamos en los 90's nos imaginábamos los dosmiles como una especie de fantasía futurista, algo así como los Supersónicos, aquel dibujo animado de una familia del futuro, y que incluso me llama la atención de ese dibujo que las personas eran por decirlo así más rayadas, como si la locura fuese un pretexto de la evolución. 

Bueno, nada de eso ocurre en Huayllagual, en donde los años pasan y nadie lo supo y hasta he llegado a pensar que hay muchos lugares en el mundo en donde la gente no quiere evolucionar, se aferran a un tipo de vida determinado y para ellos pensar en cuestiones diferentes a lo que han estado acostumbrados es una aventrura bastante costosa e improductiva. En fin, hay de todo para todos.

Hoy vuelvo a Cajamarca, y mañana por la mañana ya estaré en Huayllagual para continuar trabajando. De hecho que he extrañado la tranquilidad de la montaña pero también sé que extrañaré la intranquilidad y el estrés de la ciudad. Llevo un poemario de Javier Heraud y una novela de Vargas Llosa y tal vez también una novela de Cabrera Infante. 

Nos vemos pronto amiguitos!!!